Proof of concept parte 2: La casa de Asterión

En este post presento una versión en mi ortografía reformada de La casa de Asterión de Jorge Luis Borges. Elegí a propósito un ejemplo literario y muchísimo menos pedestre que el caso anterior sacado de Wikipedia. Sin más:

 

 

La Casa de Asterión

Y la reina dio a luz un ijo qe se llamó Asterión.
Apolodoro, Biblioteca, III, I

Se qe me acusan de soberbia, y tal bez de misantropía, y tal bez de locura. Tales acusaciones (qe yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es berdad qe no salgo de mi casa, pero también es berdad qe sus puertas (cuyo número es infinito*) están abiertas día y noche a los ombres y también a los animales. Qe entre el qe qiera. No allará pompas mujeriles aqí ni el bizarro aparato de los palacios, pero si la qietud y la soledad. Asimismo allará una casa como no ay otra en la faz de la tierra. (Mienten los qe declaran qe en Egipto ay una parecida.) Asta mis detractores admiten qe no ay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es qe yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré qe no ay una puerta cerrada, añadiré qe no ay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer e pisado la calle; si antes de la noche bolbí, lo ice por el temor qe me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se abía puesto el sol, pero el desbalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron qe me abían reconocido. La jente oraba, uía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Achas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en bano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el bulgo, aunqe mi modestia lo qiera.

El echo es qe soy único. No me interesa lo qe un ombre pueda trasmitir a otros ombres; como el filósofo, pienso qe nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y tribiales minucias no tienen cabida en mi espíritu, qe está capacitado para lo grande; jamás e retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia jenerosa no a consentido qe yo aprendiera a leer. A beces lo deploro, porqe las noches y los días son largos.

Claro qe no me faltan distracciones. Semejante al carnero qe ba a embestir, corro por las galerías de piedra asta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la buelta de un corredor y juego a qe me buscan. Ay azoteas desde las qe me dejo caer, asta ensangrentarme. A cualqier ora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A beces me duermo realmente, a beces a cambiado el color del día cuando e abierto los ojos.) Pero de tantos juegos el qe prefiero es el de otro Asterión. Finjo qe biene a bisitarme y qe yo le muestro la casa. Con grandes reberencias le digo: Aora bolbemos a la encrucijada anterior o Aora desembocamos en otro patio o Bien decía yo qe te gustaría la canaleta o Aora berás una cisterna qe se llenó de arena o Ya berás como el sótano se bifurca. A beces me eqiboco y nos reímos buenamente los dos.

No sólo e imajinado esos juegos, también e meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas beces, cualqier lugar es otro lugar. No ay un aljibe, un patio, un abrebadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrebaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polborientas galerías de piedra gris, e alcanzado la calle y e bisto el templo de las Achas y el mar. Eso no lo entendí asta qe una bisión de la noche me rebeló qe también son catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas beces, catorce beces, pero dos cosas ay en el mundo qe parecen estar una sola bez: arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión. Qizá yo e creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.

Cada nuebe años entran en la casa nuebe ombres para qe yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su boz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin qe yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, qedan, y los cadáberes ayudan a distingir una galería de las otras. Ignoro qienes son, pero se qe uno de ellos profetizó, en la ora de su muerte, qe alguna bez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque se qe bibe mi redentor y al fin se lebantará sobre el polbo. Si mi oído alcanzara los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me llebe a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Como será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un ombre? ¿Será tal bez un toro con cara de ombre? ¿O será como yo?

 

 

 

El sol de la mañana reberberó en la espada de bronce. Ya no qedaba ni un bestijio de sangre.

“¿Lo creerás, Ariadna?” dijo Teseo. “El minotauro apenas se defendió.”

 

 

* El orijinal dice catorce, pero sobran motibos para inferir qe en boca de Asterión, ese adjetibo numeral bale por infinitos.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s